05 enero 2009
Hablando de reyes...
A comienzos del siglo XVIII, existió un Rey que tenía fama de ser un hombre muy temperamental y poco amigo de formalidades y cumplidos. Solía pasear sin escolta por las calles de su reino y, si se encontraba con alguien que le desagradaba -lo cual no era infrecuente-, no dudaba en usar su bastón contra la desventurada víctima.
No es extraño, por tanto que, cuando la gente le divisaba, se escabullera lo más discretamente posible. En cierta ocasión, yendo el Rey por una calle -golpeando el suelo con su bastón, como de costumbre-, un pueblerino tardó demasiado en percatarse de su presencia, y su intento de ocultarse en un portal resultó fallido.

—¡Eh, tú!—, dijo el Rey, —¿Adónde vas?—

El hombre se puso a temblar.

—A esta casa, Majestad—
respondió.
—¿Es tu casa?—
—No, Majestad—
—¿Es la casa de un amigo?—
—No, Majestad—
—Entonces, ¿Por qué entras en ella?

Al hombre le entró miedo de que el rey pudiera confundirle con un ladrón, y decidió decir la verdad:

—Para evitar topar con su Majestad—
—¿Y por qué quieres evitar topar conmigo?—
—Porque tengo miedo de su Majestad—

Al oír aquello, el Rey se puso rojo de furia, agarró al pobre hombre por los hombros, lo sacudió violentamente y le gritó:

—¿Cómo te atreves a tener miedo de mi? ¡Yo soy tu soberano, y se supone que tienes que amarme! ¡Ámame, desgraciado! ¡Te ordeno que me ames!—

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Manifiesto de Eva María Ashanti Zaragoza Marín a las 10:12 -
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